En el siglo XVII, la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales, conocida como VOC, se convirtió en la primera multinacional del mundo y en la primera en emitir acciones.1
Transformó el comercio global y ejerció un poder extraordinario en varios continentes. Sin embargo, detrás de sus exóticas mercancías y su alcance global, se escondían prácticas contables opacas, valoraciones de activos infladas y burbujas especulativas. Con el paso del tiempo, la corrupción fue ganando terreno y su entramado comenzó a desmoronarse bajo el peso de los escándalos2 y la mala gestión.
Siglos después, en 2020, Europa asistió a una versión contemporánea de esa misma ilusión corporativa. Wirecard, referente durante años del sector fintech en Alemania, prometía pagos digitales sin fricción y una expansión global imparable. Pero bajo la apariencia de presentaciones impecables a inversores y una cotización en ascenso, se ocultaba un agujero de 2.000 millones de euros.3 Los auditores fueron engañados, los reguladores reaccionaron tarde y varios directivos desaparecieron cuando la compañía se hundió en medio del descrédito.4
A pesar de la distancia en el tiempo, la VOC (que vendía especias y seda) y Wirecard (especializada en promesas digitales) comparten un patrón común: su innovación (comercial o tecnológica, respectivamente) se convirtió en riesgo cuando falló la supervisión. Ambas terminaron con la confianza rota y la reputación dañada.