¿Qué conecta un cielo encendido con un país oscurecido?
En 1859, una tormenta solar conocida como el Evento Carrington iluminó el cielo y inutilizó sistemas telegráficos en toda Europa y Norteamérica. Los equipos echaban chispas, los mensajes se enviaban sin baterías y redes enteras colapsaron por la sobrecarga, tal y como relataron los operadores.
Se trata del primer caso documentado de meteorología espacial que interrumpió infraestructuras humanas. Avancemos hasta abril de 2025, cuando la Península Ibérica afrontó su propio ajuste de cuentas eléctrico. A las 12:33 hora local, una sobretensión, que no una falta de suministro, dejó a España y Portugal a oscuras durante casi diez horas.
El apagón no se debió a una dependencia excesiva de las renovables, como algunos temían. Fue una caída en cascada provocada por la falta de control de voltaje y la ausencia de suficiente respaldo térmico. Los niveles solar y eólico estaban estables. Pero la red no pudo absorber el golpe cuando los sistemas de protección fallaron en gestionar la subida. ¿El resultado? Más de 50 millones de personas afectadas, servicios de transporte y emergencia interrumpidos y un renovado llamamiento a reforzar la resiliencia de la red.
El Evento Carrington y el apagón ibérico están separados por siglos, pero comparten una misma lección: las infraestructuras, por avanzadas que sean, son vulnerables a picos repentinos. Ya sean geomagnéticos o propios de la red, el impacto puede ser rápido y severo. Ahí es donde entra el seguro. Desde la interrupción de negocio hasta el daño reputacional, las coberturas ayudan a las organizaciones a recuperarse de las consecuencias… y a prepararse para el próximo pico inesperado. Porque, tanto si hablamos de un hilo telegráfico como de una línea de alta tensión, la verdadera fuente de energía es la resiliencia.